Un recorrido nocturno —lo que en el gremio se llama herping— no es una caminata con suerte. Se elige la quebrada, se camina despacio, y se mira donde la gente no mira: el envés de una hoja, la grieta de un tronco caído, el borde del agua.
La linterna frontal deja las manos libres, y las manos hacen falta: para la libreta, para la cámara, y para sostener a un animal el tiempo mínimo que se necesita y devolverlo exactamente donde estaba.
De cada encuentro queda un registro: qué era, dónde, a qué hora, a qué altura, con qué tiempo. Un registro suelto no dice nada. Cientos de registros a lo largo de los años dicen si una especie sigue ahí.